El status quo es un muy mal negocio

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El status quo es un muy mal negocio

"La pandemia aceleró a nivel mundial una serie de cambios que no esperábamos que ocurrieran hasta varios años más. Estos no solo llegaron para quedarse, sino que redefinirán el liderazgo competitivo de los países, requiriendo gran creatividad, innovación y nuevos líderes para ser abordados con éxito".

"La pandemia aceleró a nivel mundial una serie de cambios que no esperábamos que ocurrieran hasta varios años más. Estos no solo llegaron para quedarse, sino que redefinirán el liderazgo competitivo de los países, requiriendo gran creatividad, innovación y nuevos líderes para ser abordados con éxito".

"La pandemia aceleró a nivel mundial una serie de cambios que no esperábamos que ocurrieran hasta varios años más. Estos no solo llegaron para quedarse, sino que redefinirán el liderazgo competitivo de los países, requiriendo gran creatividad, innovación y nuevos líderes para ser abordados con éxito".

"La pandemia aceleró a nivel mundial una serie de cambios que no esperábamos que ocurrieran hasta varios años más. Estos no solo llegaron para quedarse, sino que redefinirán el liderazgo competitivo de los países, requiriendo gran creatividad, innovación y nuevos líderes para ser abordados con éxito".

"La pandemia aceleró a nivel mundial una serie de cambios que no esperábamos que ocurrieran hasta varios años más. Estos no solo llegaron para quedarse, sino que redefinirán el liderazgo competitivo de los países, requiriendo gran creatividad, innovación y nuevos líderes para ser abordados con éxito".

Por Gonzalo Larraguibel

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Concept creative idea and innovation. Hand picked wooden cube block with head human symbol and light bulb icon

Columna de opinión publicada originalmente en Pulso
22 de diciembre de 2020

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22 de diciembre de 2020

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22 de diciembre de 2020

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22 de diciembre de 2020

Autor_Gonzalo.Larraguibel_blancoynegro

Gonzalo Larraguibel
Socio Fundador, Virtus Partners

Gonzalo Larraguibel
Socio Fundador, Virtus Partners

Ingeniero Industrial - Universidad de Chile
MBA - IESE Businees School, España
Más de 30 años de experiencia en consultoría estratégica y de alta dirección

Ingeniero Industrial - Universidad de Chile
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MBA - IESE Businees School, España
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Las empresas más diversas e inclusivas ganan más. Así lo afirma el primer ranking corporativo del The Wall Street Journal que analizó el nivel de diversidad e inclusión en las compañías del S&P 500. En síntesis, las acciones de las 20 firmas más diversas tuvieron un rendimiento anual promedio de 10% en 5 años, mientras las 20 más homogéneas promediaron 4,2%. Además, el margen operacional promedio fue de un 12% y 8% respectivamente. Lo anterior se suma a la larga lista de evidencia respecto al impacto de la diversidad en los resultados del negocio, sin embargo, como en múltiples otras dimensiones, en Chile aún no hemos logrado el cambio cultural necesario para abordarlo. 
 
Recientemente, el World Economic Forum, con el apoyo de la UAI, presentó su Informe de Competitividad Global que, por efectos del COVID-19,  reenfocó su tradicional ranking de competitividad hacia un indicador capaz de medir la capacidad que tienen los países de transformarse tras la pandemia. Entre las 37 economías medidas, en su mayoría avanzadas, Chile se ubicó en el lugar 25, posicionándose como el país latinoamericano mejor preparado en la materia, un reconocimiento pírrico dada la situación de nuestro vecindario geográfico. El marco tributario y la infraestructura sanitaria son sus dimensiones más destacadas, mientras que los incentivos e inversión en I+D, la competencia en el marco de la 4ta revolución industrial y la equidad y diversidad en las empresas, son sus principales desafíos para transformar nuestra economía y sociedad.
 
Se trata de desafíos que son de larga data, pero cuyo avance ha sido mínimo. Como decía hace unos días Patricio Meller en este mismo medio, “hace 100 años, la pregunta que nos hacíamos era cuando Chile iba a lograr ser un país desarrollado. Ahora nos seguimos preguntando lo mismo”. El problema es que la velocidad del cambio hoy es muchísimo mayor y por eso pareciera que nos alejamos de esta meta cada vez más. Somos el 2do país de la OCDE que invierte el menor porcentaje de su PIB en I+D, donde además el desafío de generar regulaciones para incentivar la competencia se mantiene latente, aún tenemos poca diversidad en cargos de alta responsabilidad en las organizaciones y la colaboración entre el sector privado, público y la academia es baja por mínimos niveles de confianza y por el uso político y no técnico de muchos puestos claves en el Estado. Entre otras cosas, todo esto ha contribuido a que en los últimos años hayamos ido perdiendo competitividad mientras que el mundo se transforma, haciendo más urgente que nunca atender estos desafíos.
 
Estamos adentrándonos a toda velocidad en una nueva realidad donde la pandemia aceleró a nivel mundial una serie de cambios que no esperábamos que ocurrieran hasta varios años más. Estos no solo llegaron para quedarse, sino que redefinirán el liderazgo competitivo de los países, requiriendo gran creatividad, innovación y nuevos líderes para ser abordados con éxito. Mantener el status quo como lo hemos hecho en las últimas décadas ya no es una opción, sino más bien un muy mal negocio.

Las empresas más diversas e inclusivas ganan más. Así lo afirma el primer ranking corporativo del The Wall Street Journal que analizó el nivel de diversidad e inclusión en las compañías del S&P 500. En síntesis, las acciones de las 20 firmas más diversas tuvieron un rendimiento anual promedio de 10% en 5 años, mientras las 20 más homogéneas promediaron 4,2%. Además, el margen operacional promedio fue de un 12% y 8% respectivamente. Lo anterior se suma a la larga lista de evidencia respecto al impacto de la diversidad en los resultados del negocio, sin embargo, como en múltiples otras dimensiones, en Chile aún no hemos logrado el cambio cultural necesario para abordarlo. 
 
Recientemente, el World Economic Forum, con el apoyo de la UAI, presentó su Informe de Competitividad Global que, por efectos del COVID-19,  reenfocó su tradicional ranking de competitividad hacia un indicador capaz de medir la capacidad que tienen los países de transformarse tras la pandemia. Entre las 37 economías medidas, en su mayoría avanzadas, Chile se ubicó en el lugar 25, posicionándose como el país latinoamericano mejor preparado en la materia, un reconocimiento pírrico dada la situación de nuestro vecindario geográfico. El marco tributario y la infraestructura sanitaria son sus dimensiones más destacadas, mientras que los incentivos e inversión en I+D, la competencia en el marco de la 4ta revolución industrial y la equidad y diversidad en las empresas, son sus principales desafíos para transformar nuestra economía y sociedad.
 
Se trata de desafíos que son de larga data, pero cuyo avance ha sido mínimo. Como decía hace unos días Patricio Meller en este mismo medio, “hace 100 años, la pregunta que nos hacíamos era cuando Chile iba a lograr ser un país desarrollado. Ahora nos seguimos preguntando lo mismo”. El problema es que la velocidad del cambio hoy es muchísimo mayor y por eso pareciera que nos alejamos de esta meta cada vez más. Somos el 2do país de la OCDE que invierte el menor porcentaje de su PIB en I+D, donde además el desafío de generar regulaciones para incentivar la competencia se mantiene latente, aún tenemos poca diversidad en cargos de alta responsabilidad en las organizaciones y la colaboración entre el sector privado, público y la academia es baja por mínimos niveles de confianza y por el uso político y no técnico de muchos puestos claves en el Estado. Entre otras cosas, todo esto ha contribuido a que en los últimos años hayamos ido perdiendo competitividad mientras que el mundo se transforma, haciendo más urgente que nunca atender estos desafíos.
 
Estamos adentrándonos a toda velocidad en una nueva realidad donde la pandemia aceleró a nivel mundial una serie de cambios que no esperábamos que ocurrieran hasta varios años más. Estos no solo llegaron para quedarse, sino que redefinirán el liderazgo competitivo de los países, requiriendo gran creatividad, innovación y nuevos líderes para ser abordados con éxito. Mantener el status quo como lo hemos hecho en las últimas décadas ya no es una opción, sino más bien un muy mal negocio.

Las empresas más diversas e inclusivas ganan más. Así lo afirma el primer ranking corporativo del The Wall Street Journal que analizó el nivel de diversidad e inclusión en las compañías del S&P 500. En síntesis, las acciones de las 20 firmas más diversas tuvieron un rendimiento anual promedio de 10% en 5 años, mientras las 20 más homogéneas promediaron 4,2%. Además, el margen operacional promedio fue de un 12% y 8% respectivamente. Lo anterior se suma a la larga lista de evidencia respecto al impacto de la diversidad en los resultados del negocio, sin embargo, como en múltiples otras dimensiones, en Chile aún no hemos logrado el cambio cultural necesario para abordarlo. 
 
Recientemente, el World Economic Forum, con el apoyo de la UAI, presentó su Informe de Competitividad Global que, por efectos del COVID-19,  reenfocó su tradicional ranking de competitividad hacia un indicador capaz de medir la capacidad que tienen los países de transformarse tras la pandemia. Entre las 37 economías medidas, en su mayoría avanzadas, Chile se ubicó en el lugar 25, posicionándose como el país latinoamericano mejor preparado en la materia, un reconocimiento pírrico dada la situación de nuestro vecindario geográfico. El marco tributario y la infraestructura sanitaria son sus dimensiones más destacadas, mientras que los incentivos e inversión en I+D, la competencia en el marco de la 4ta revolución industrial y la equidad y diversidad en las empresas, son sus principales desafíos para transformar nuestra economía y sociedad.
 
Se trata de desafíos que son de larga data, pero cuyo avance ha sido mínimo. Como decía hace unos días Patricio Meller en este mismo medio, “hace 100 años, la pregunta que nos hacíamos era cuando Chile iba a lograr ser un país desarrollado. Ahora nos seguimos preguntando lo mismo”. El problema es que la velocidad del cambio hoy es muchísimo mayor y por eso pareciera que nos alejamos de esta meta cada vez más. Somos el 2do país de la OCDE que invierte el menor porcentaje de su PIB en I+D, donde además el desafío de generar regulaciones para incentivar la competencia se mantiene latente, aún tenemos poca diversidad en cargos de alta responsabilidad en las organizaciones y la colaboración entre el sector privado, público y la academia es baja por mínimos niveles de confianza y por el uso político y no técnico de muchos puestos claves en el Estado. Entre otras cosas, todo esto ha contribuido a que en los últimos años hayamos ido perdiendo competitividad mientras que el mundo se transforma, haciendo más urgente que nunca atender estos desafíos.
 
Estamos adentrándonos a toda velocidad en una nueva realidad donde la pandemia aceleró a nivel mundial una serie de cambios que no esperábamos que ocurrieran hasta varios años más. Estos no solo llegaron para quedarse, sino que redefinirán el liderazgo competitivo de los países, requiriendo gran creatividad, innovación y nuevos líderes para ser abordados con éxito. Mantener el status quo como lo hemos hecho en las últimas décadas ya no es una opción, sino más bien un muy mal negocio.

Las empresas más diversas e inclusivas ganan más. Así lo afirma el primer ranking corporativo del The Wall Street Journal que analizó el nivel de diversidad e inclusión en las compañías del S&P 500. En síntesis, las acciones de las 20 firmas más diversas tuvieron un rendimiento anual promedio de 10% en 5 años, mientras las 20 más homogéneas promediaron 4,2%. Además, el margen operacional promedio fue de un 12% y 8% respectivamente. Lo anterior se suma a la larga lista de evidencia respecto al impacto de la diversidad en los resultados del negocio, sin embargo, como en múltiples otras dimensiones, en Chile aún no hemos logrado el cambio cultural necesario para abordarlo. 
 
Recientemente, el World Economic Forum, con el apoyo de la UAI, presentó su Informe de Competitividad Global que, por efectos del COVID-19,  reenfocó su tradicional ranking de competitividad hacia un indicador capaz de medir la capacidad que tienen los países de transformarse tras la pandemia. Entre las 37 economías medidas, en su mayoría avanzadas, Chile se ubicó en el lugar 25, posicionándose como el país latinoamericano mejor preparado en la materia, un reconocimiento pírrico dada la situación de nuestro vecindario geográfico. El marco tributario y la infraestructura sanitaria son sus dimensiones más destacadas, mientras que los incentivos e inversión en I+D, la competencia en el marco de la 4ta revolución industrial y la equidad y diversidad en las empresas, son sus principales desafíos para transformar nuestra economía y sociedad.
 
Se trata de desafíos que son de larga data, pero cuyo avance ha sido mínimo. Como decía hace unos días Patricio Meller en este mismo medio, “hace 100 años, la pregunta que nos hacíamos era cuando Chile iba a lograr ser un país desarrollado. Ahora nos seguimos preguntando lo mismo”. El problema es que la velocidad del cambio hoy es muchísimo mayor y por eso pareciera que nos alejamos de esta meta cada vez más. Somos el 2do país de la OCDE que invierte el menor porcentaje de su PIB en I+D, donde además el desafío de generar regulaciones para incentivar la competencia se mantiene latente, aún tenemos poca diversidad en cargos de alta responsabilidad en las organizaciones y la colaboración entre el sector privado, público y la academia es baja por mínimos niveles de confianza y por el uso político y no técnico de muchos puestos claves en el Estado. Entre otras cosas, todo esto ha contribuido a que en los últimos años hayamos ido perdiendo competitividad mientras que el mundo se transforma, haciendo más urgente que nunca atender estos desafíos.
 
Estamos adentrándonos a toda velocidad en una nueva realidad donde la pandemia aceleró a nivel mundial una serie de cambios que no esperábamos que ocurrieran hasta varios años más. Estos no solo llegaron para quedarse, sino que redefinirán el liderazgo competitivo de los países, requiriendo gran creatividad, innovación y nuevos líderes para ser abordados con éxito. Mantener el status quo como lo hemos hecho en las últimas décadas ya no es una opción, sino más bien un muy mal negocio.

Las empresas más diversas e inclusivas ganan más. Así lo afirma el primer ranking corporativo del The Wall Street Journal que analizó el nivel de diversidad e inclusión en las compañías del S&P 500. En síntesis, las acciones de las 20 firmas más diversas tuvieron un rendimiento anual promedio de 10% en 5 años, mientras las 20 más homogéneas promediaron 4,2%. Además, el margen operacional promedio fue de un 12% y 8% respectivamente. Lo anterior se suma a la larga lista de evidencia respecto al impacto de la diversidad en los resultados del negocio, sin embargo, como en múltiples otras dimensiones, en Chile aún no hemos logrado el cambio cultural necesario para abordarlo. 
 
Recientemente, el World Economic Forum, con el apoyo de la UAI, presentó su Informe de Competitividad Global que, por efectos del COVID-19,  reenfocó su tradicional ranking de competitividad hacia un indicador capaz de medir la capacidad que tienen los países de transformarse tras la pandemia. Entre las 37 economías medidas, en su mayoría avanzadas, Chile se ubicó en el lugar 25, posicionándose como el país latinoamericano mejor preparado en la materia, un reconocimiento pírrico dada la situación de nuestro vecindario geográfico. El marco tributario y la infraestructura sanitaria son sus dimensiones más destacadas, mientras que los incentivos e inversión en I+D, la competencia en el marco de la 4ta revolución industrial y la equidad y diversidad en las empresas, son sus principales desafíos para transformar nuestra economía y sociedad.
 
Se trata de desafíos que son de larga data, pero cuyo avance ha sido mínimo. Como decía hace unos días Patricio Meller en este mismo medio, “hace 100 años, la pregunta que nos hacíamos era cuando Chile iba a lograr ser un país desarrollado. Ahora nos seguimos preguntando lo mismo”. El problema es que la velocidad del cambio hoy es muchísimo mayor y por eso pareciera que nos alejamos de esta meta cada vez más. Somos el 2do país de la OCDE que invierte el menor porcentaje de su PIB en I+D, donde además el desafío de generar regulaciones para incentivar la competencia se mantiene latente, aún tenemos poca diversidad en cargos de alta responsabilidad en las organizaciones y la colaboración entre el sector privado, público y la academia es baja por mínimos niveles de confianza y por el uso político y no técnico de muchos puestos claves en el Estado. Entre otras cosas, todo esto ha contribuido a que en los últimos años hayamos ido perdiendo competitividad mientras que el mundo se transforma, haciendo más urgente que nunca atender estos desafíos.
 
Estamos adentrándonos a toda velocidad en una nueva realidad donde la pandemia aceleró a nivel mundial una serie de cambios que no esperábamos que ocurrieran hasta varios años más. Estos no solo llegaron para quedarse, sino que redefinirán el liderazgo competitivo de los países, requiriendo gran creatividad, innovación y nuevos líderes para ser abordados con éxito. Mantener el status quo como lo hemos hecho en las últimas décadas ya no es una opción, sino más bien un muy mal negocio.

202012.Columna.Pulso.Gonzalo.Laraguibel

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